domingo, 27 de abril de 2008

CAFÉS DE DOS ORILLAS (III – FINAL)






EL TUPÍ NAMBÁ


Escribe Walter Ernesto Celina







CÓMO ERA EL VIEJO TUPÍ

La inauguración del mítico café Tupí Nambá tuvo lugar el 8 de mayo de 1889. Se ubicó sobre la calle Buenos Aires, por frente a la plazuela del Teatro Solís.
Su denominación primigenia fue Al Tupí Nambá y supuso un homenaje a los indios del norte de San Vicente (Brasil), quienes trabajaban en los cafetales. Lo regenteaba Francisco San Román, considerado el primer industrial local en la torrefacción del producto.

La juventud y bohemia del 900 tuvo este establecimiento como su refugio privilegiado. Tras sus amplios ventanales se recortaban chambergos de ancha ala, rostros con frondosos bigotes, largas melenas y corbatas con grandes moños.

En 1890, Don Francisco respondía a un cronista de La Razón acerca de porqué en el gran salón se enseñoreaba un busto de Voltaire, el notable filósofo enciclopedista: “Según lo dicen Thiers y Henry Martín, Voltaire fue un gran bebedor de café; era el licor que tomaba y que introdujo en la corte de Federico de Prusia.”
El 27 de junio de 1899, al cumplirse la década de su apertura, tuvo lugar un festejo de campanillas, como se decía. Su propietario fue proclamado Rey de los Cafeteros. Del bautismo participaron, entre otros, estas figuras: José Arechavaleta, Francisco Vázquez Cores, Alcides De María, Constancio C. Vigil, Domingo Laporte, Luis Morandi, Antonio E. Morelli, Rafael J. Fosalba, Jiménez Pastor, Eduardo Ferreira, Samuel Blixen , Juan C. Moratorio.

Tras un breve paréntesis, en que permaneció cerrado, el 12 de abril de 1912, reabrió a todo lujo: “Nada de lo que hemos visto en la capital argentina o brasilera puede igualarse”, señalaba un cronista, para agregar: “Es un café único en esta parte del continente sudamericano. El principal salón ha sido decorado al estilo “Imperio”. El palo guinda domina, dando a la sala un aspecto rosa, interesante en extremo. Grandes cortinas del mismo color hacen juego con el fondo de las mesas dispuestas, cubiertas con legítimo cristal.” La descripción va a otros detalles, referentes a rosetones y adornos, etc., mencionándose en la realización de algunos trabajos la participación de los talleres de la Escuela de Artes y Oficios.


UNA PÁGINA DE MANUEL DE CASTRO


Aníbal Barrios Pintos, trazando las coordenadas de los tiempos por los que atravesara este singular comercio, exhumó una página de 1918, en la que Manuel de Castro, un contertulio habitual de las ruedas del café, recuerda muchos nombres ilustres, asistentes a los intercambios de ideas. Por la parte que daba frente al Teatro Solís, con enorme frecuencia, se veían a: Alberto Zum Felde, Carlos María Princivalle, Carlos Sabat Ercasty, Enrique Casaravilla Lemos, Justino Zavala Muñiz, Juan Parra del Riego, Vicente Basso Maglio, Alberto Demicheli, Ernesto Herrera, Fernando Pereda, Magariños Borja, Ildefonso Pereda Valdez, Enrique Dieste, Mario Radaelli, José Mora Guarnido, Andrés Percivalle Genta, José María Podestá, Humberto Zarrilli, Alfredo Cáceres.
El poeta peruano Parra del Riego se acompañaba, en muchas oportunidades, con su novia, Blanca Luz Brum. Lorenzo Batlle, Mario Dufort y Álvarez y los plásticos Domingo Bazurro, Guillermo Laborde, José Cúneo, Bernabé Michelena, Arzadum, Antonio Pena, Domingo Barbieri, Vicente Puig, Humberto Causa, Federico Lanau cruzaban sus comentarios en aquella babel de opiniones. Ello hizo decir a Manuel de Castro que “nunca se había visto tanta compenetración entre escritores y plásticos.”

CARLOS GARDEL Y CELEBRIDADES OCUPARON SUS MESAS

El memorialista Luis Alberto Varela aportaba información sobre la presencia de Carlos Gardel y su alegre barra de amigos, reunidos por frente al teatro y de la noche en que El Mago cantó Mi noche triste y El sol del 25.

Barrios Pintos ha escrito que el Viejo Tupí fue “paradero de hombres de letras, pintores, artistas, educadores y toda figura importante que visitaba Montevideo”. Cita a García Lorca, Clemenceau, Anatole France, Zamacois, Benavente, García Sanchíz, Gómez de la Serna. Otros recuerdan a la exquisita poetisa argentina Alfonsina Storni
Actores de la talla de Louis Jouvet y Jean Louis Barrault integraron sus voces al murmullo de las magnas noches que se sucedieron, casi sin interrupción, bajo las luces profusas de aquellos recintos, en que la cordialidad y la amistad tejía su entramado con los talentos.
Tras la creación de la Comedia Nacional, por el escritor Justino Zavala Muñiz, adalides del teatro uruguayo llegaban a beber su café, a examinar proyectos de puestas en escena, a evaluar actuaciones y a compartir impresiones de lecturas y debatir iniciativas. Margarita Xirgú, Orestes Caviglia, Alberto Candeau, Enrique Guarnero, Maruja Santullo, Estela Medina, Estela Castro, Concepción “China”Zorrilla, Eduardo Schinca y otros más, fueron parte de esta institución sui géneris.



Hacia 1959 el legendario baluarte del cosmopolitismo uruguayo cerró sus puertas. Una torre de cemento y cristal creció sobre su suelo. Pero no pudo evitar que su recuerdo se elevara, haciéndolo preciado símbolo de la cultura y la sociabilidad uruguaya.


waltercelina1@hotmail.com

jueves, 24 de abril de 2008

CAFÉS DE DOS ORILLAS (II)

LAS PULPERÍAS Y EL POLO BAMBA
Escribe Walter Ernesto Celina
FORMAS DE LA SOCIABILIDAD URUGUAYA


He de manifestar que después de algunas horas de conversación con el eminente investigador e historiador que es Don Aníbal Barrios Pintos, es poco menos que imposible poner en la horma de una nota, los ricos contenidos de un diálogo en que a su calidad y amplitud, se agrega el componente de la amenidad.
Debo pues, reconocer la proverbial deferencia de quien acompaña mis inquietudes periodísticas concediendo su precioso tiempo para ilustrarme en temas históricos y sociológicos.
Como he sostenido, el Café Tortoni, de Buenos Aires, es un espacio emblemático en el Río de Plata. Tiene el privilegio de desafiar el tiempo. Vive y se proyecta.
El Polo Bamba y el Tupí Nambá -como otros- del Uruguay y, en especial, de Montevideo, cayeron. Dejaron, sin embargo, estelas perdurables.
Cuando en la Facultad de Derecho se fundara la cátedra de sociología, fue el Prof. Dr. Isaac Ganón quien reivindicó el papel gregario de estos establecimientos.
Sin duda es Aníbal Barrios Pintos, quien con la friolera de unas 50 obras publicadas sobre los pueblos orientales, sus costumbres, sus gentes y su historia, ha hecho los aportes más firmes y eruditos en la materia.

LAS PULPERÍAS Y UN RELATO DE CARLOS DARWIN

En una monografía que le fuera publicada, por la Editorial Acción S.A., en agosto de 1973, el académico se retrotrae a las pulperías, para hablar luego, con absoluta propiedad, del surgimiento de los cafés. Indica que ellas están el origen de los comercios de campaña, de los almacenes y de los bares de los barrios.

En 1832 Carlos Darwin arribó a Uruguay a bordo del Beagle. En tierra firme visitó localidades de Soriano, Lavalleja y otras. De una pulpería de Minas, es este relato: “Pasamos la noche en una pulpería o tienda de bebidas. Un gran número de gauchos acude allí por la noche a beber licores espirituosos y fumar. Su apariencia es chocante: son por lo regular altos y guapos, pero tienen impreso en su rostro todos los signos de la altivez y del desenfreno; usan a menudo el bigote y el pelo muy largos y éste formando bucles sobre la espalda. Sus trajes de brillantes colores, sus formidables espuelas sonando en sus talones, sus facones colocados en la faja a guisa de dagas, facones de los que hacen uso con gran frecuencia, dándoles un aspecto por completo diferente del que podría hacer suponer su nombre de gauchos o campesinos. Son en extremo corteses; nunca beben una copa sin invitaros a que los acompañéis, pero, tanto os hacen un gracioso saludo, como puede decirse que se hallan dispuestos a acuchillaros, si se presentara la ocasión.”

Señala Barrios Pintos que las pulperías ampliaron inorgánicamente las poblaciones circundantes. Sirvieron de posta de diligencias, de posada y de rudimentarios clubes sociales. Se jugaba a la taba y al sapo; fueron ámbitos para las riñas de gallos, y -hacia el norte- lugares para carreras de gatos, descriptas por el escritor Enrique Amorim.

HACIA EL POLO BAMBA

Según la guía Montevideo, de Horne & Wonner, publicada en 1859, los cafés existentes llegaban a 28. Datos de 1876, cuando adviene el dictador Latorre, indican que Montevideo poseía menos de 115.000 habitantes. El primer café y restaurante de lujo fue El Oriente, surgido, precisamente, en ese año.

La aparición del Polo Bamba aguardaría unos años más. Surgió el 25 de julio de 1885, ubicándose en la calle Colonia y Ciudadela. Lo fundó Francisco San Román. Había nacido en el Valle Minor, el 1º de marzo de 1861. Llegó al Uruguay con 11 años, trasladándose después a Santa Catarina (Brasil), donde se desempeñó en una hacienda exportadora de café. Del emprendimiento participaría también su hermano, Severino San Román.

Una nota aparecida en la Tribuna Popular, de fecha 13 de marzo de 1886, ensaya una explicación del nombre Polo Bamba, citada por Barrios Pintos, aunque no admitida o confirmada. Tiene, sin embargo, un valor de aproximación. La transcribo:“Tal vez suponiendo San Román que el valor, la fuerza y robustez proverbial de los indios Polo-Bamba, dimanaba del uso que hacían del café, mucho antes de ser conocido en Europa, habrá querido levantar un monumento a la memoria de aquellos valerosos indios, o decirnos a los aficionados del café: -Sepan Uds. que llegué a descubrir el secreto o procedimiento que empleaban los Bambas para la torrefacción del café y, por consiguiente, sólo aquí podrán tomar tan delicioso licor, con todas las maravillosas virtudes terapéuticas que contiene.”

CENÁCULO DE INTELECTUALES Y POLÍTICOS


Alberto Zum Felde, quien analizó, desde el punto de vista de las ciencias sociales, la significación del Polo Bamba, lo caracterizó como un “café literario”, que configuraría un “fenómeno nuevo de nuestro ambiente”, aunque “posterior al iniciado en Buenos Aires, al estilo de los más famosos de París”.
La lista de contertulios, según investigara Aníbal Barrios Pintos, se integró, entre otras, con personalidades de este porte: Florencio Sánchez, Horacio Quiroga, Armando Vasseur, Roberto de las Carreras, Ernesto Herrera, Emilio Frugoni, Alberto Zum Felde, Ángel Falco, Leonelo Lasso de la Vega, Paul Minelli, Alberto Lasplaces, Ovidio Fernández Ríos, Carlos María Vallejo, Natalio Botana, Edmundo Bianchi, José G. Antuña, Medina Bentancort, César Mayo Gutiérrez. No faltan crónicas que agregan más nombres: Batlle y Ordóñez, Manini Ríos, Lagarmilla, Pérez Olave, Schinca, Agorio, Arturo P. Visca, Carlos Balsán.
Las mesas del Polo Bamba fueron frecuentadas por la anarquista española Juana Ruoco Buela. Ella recuerda la presencia de Adrián Troitiño y del librero Orsini Bertani, cuyo comercio fue, asimismo, tertulia literaria.
El 8 de octubre de 1913, El Día daba cuenta en una crónica: “Anteayer cerró sus puertas el Polo Bamba y pronto la piqueta de los demoledores echará por tierra las paredes de la casa que uno tomó como familiar refugio de la bohemia.”

sábado, 19 de abril de 2008

CAFÉS DE DOS ORILLAS (I) - EL TORTONI

Escribe Walter Ernesto Celina


UN CIUDADANO RIOPLATENSE

Mi distinguido amigo, el Dr. Carlos Perrotta, en medio del ajetreo de sus actividades profesionales en el foro bonaerense, me hace partícipe, en forma sistemática, de sucesos que se enlazan a la humanística y, en particular, a cuestiones atinentes a dos pasiones bien rioplatenses: Carlos Gardel y el tango.
Con motivo de los 150 años del Café Tortoni, símbolo de la Buenos Aires eterna, me ha hecho conocer el amplio programa de festejos que ha puesto en marcha la Comisión de Amigos del Café.
Él y yo hemos tenido el privilegio de vadear buena parte del siglo XX y nos sentimos muy unidos por la fraternidad que nuestros pueblos gestaron. Somos una porción de una sensibilidad común, la que nos identifica, nos honra y nos hace felices.

PEQUEÑO VIAJE A SU HISTORIA

Los destellos que emitieron los Tupí Nambá y los Sorocabanas uruguayos fueron absorbidos por el tiempo, por lo que de ellos subsisten las imágenes de una memoria, por cierto riquísima. El Tortoni porteño, en cambio, alardea contra los años, como dotado de una juvenil virtud.
Es muy argentino y, a la vez, uruguayo y cosmopolita. Tiene algo que se anuda como en una patria. Es dulce. A todos acoge y a todos iguala.
Fue fundado por el francés Jean Touan. Buenos Aires estrenaba su alegría de aldea abierta al trabajo transformador y a la inmigración. La Avenida de Mayo no era el surco edilicio en que se convertiría, aunque poseía el secreto de sus alardes arquitectónicos. El subte aún esperaba para adelantarse a los medios de transporte existentes.
El Tortoni platense debía ser una réplica de su homónimo parisino. Un café selecto, con vocación para atraer a espíritus creadores y a forjadores de ideas. De muchas ruedas abiertas a la sociabilidad y al debate sin término.
Primero se ubicó en la intersección de Esmeralda con Rivadavia. En 1880 se cambió para estar a unos metros de aquella dirección. Ahora sus dueños eran los esposos vascos Curuchet-Artcanthurry.
Al surgir la Av. De Mayo, un arquitecto belga delineó su sofisticado perfil. Finas maderas lustradas cubrían sus paredes y cortinados embellecían sus confortables ambientes.

LAS VOCES QUE VUELVEN

Hoy sus antiguos muros sostienen cuadros con fotografías, artículos de prensa y testimonios de personajes insignes.
Junto a los artistas, escritores, periodistas, profesores y profesionales que animan sus tertulias y a los visitantes, que desean vivir un momento de su encanto, por el Tortoni actual deambulan otras abigarradas voces.
La de Carlos Gardel, homenajeando con su canto entero a Juan de Dios Filiberto, el metalúrgico libertario que tiñó con nostalgiosas notas Quejas de bandoneón.


Surca ese espacio la de Jorge Luis Borges, repitiendo:

Yo habré muerto y seguirás / orillando nuestra vida. / Buenos Aires no te olvida, / tango que fuiste y serás.
Desde los astilleros, del puerto y los talleres, el viento dibuja en el cielo del café las imágenes de Benito Quinquela Martín y, como viniendo del Barrio 11, Raúl González Tuñón deja sobre una mesa unos versos sencillos: La Libertad es / simplemente / la Libertad / Ella se alimenta de / muertos. / Los Héroes cayeron por / Ella. / Sin angustia no hay / Libertad, / sin alegría tampoco.
Baldomero Fernández Moreno asciende desde la Bodega del bar del brazo con Alfonsina Storni y Eladia Blázquez. Ésta y Héctor Negro, habían escrito en Viejo Tortoni: ...Azul recalada, si el fuego es el mismo, / ¿quién dijo que acaso no sirve soñar?

¡Salud, café de la cultura y baluarte del pensamiento independiente, donde se recrean la amistad y las más puras emociones!


waltercelina1@hotmail.com

sábado, 22 de diciembre de 2007

EL TANGO EN EL GRAMMY LATINO

Escribe Walter Ernesto Celina


Cosa rara. Cuando se discernió el último Grammy Latino al mejor disco de tango, el director no estaba en la ceremonia.
El uruguayo Raúl Jaurena, bandoneonista y conductor orquestal, ha vivido veinte años en el Isla Margarita (Venezuela) y otros veinte en los Estados Unidos. Hoy reside a pocos minutos de Manhattan.
¿Dónde estaba el músico mientras centelleaba su nombre en la ceremonia musical en que se reconocía la calidad de sus trabajos?
Lejos. Tan lejos, como tan cerca nuestro: en Montevideo.
Es que Raúl Jaurena tiene la responsabilidad de llevar adelante el proyecto en marcha de una orquesta profesional juvenil de tango. Estaba a punto de exhibirla en la Sala Zitarrosa.

Pero, vayamos por partes.
No hace mucho Jaurena, junto con el quinteto Sinopus, montaron un exitoso espectáculo denominado Te amo tango. El grupo, integrado por Lya Pérez y Alejandra Moreira en violines, Stella Maris González en viola, Lucrecia Basaldúa en violoncello y Sergio Mouro en contrabajo, obtuvo suceso. El piano lo había ejecutado Octavio Brunetti, en tanto la vocalización fue realizada por Marga Mitchell, venezolana, esposa del director.
A modo de recuerdo, en el teatro y con apenas tres micrófonos, se registraron varios temas.

En algún momento, la cinta fue escuchada en los estudios de la productora Soundbrush Records, la que lanzó un campacto con 14 títulos.
De ahí al Grammy hubo un trecho. Lo cierto fue que el trabajo impactó y triunfó.
En oportunidades anteriores el bandoneonista Raúl Jaurena había estado nominado para el título, apareciendo como una personalidad destacada del mundo musical.
El reconocimiento internacional se produjo en la instancia en que el director se aprestaba en Montevideo a exhibir la orquesta Destaoriya, auspiciada por la Fundación Cienarte. Se trata de una formación estrictamente juvenil y tanguera.

En un reportaje, concedido al periodista Fernando Manfredi, entre otras cosas, señalaba Jaurena: “los muchachos que integran la orquesta están becados con remuneración”. Para el director importa mucho la noción que no se es sólo profesional por el hecho de actuar regido por un arancel. “Lo que importa -ha dicho- es el comportamiento, que la labor sea de calidad y se demuestre respeto al público.”
Ha agregado, asimismo, que “el tango no es patromonio sólo del bandoneón, del violín o del piano. Si tocas bien el fagot, el corno o el trombón ¿por qué no puedes tocar el tango? Si se aprende el estilo, ya está.” Por esta razón, añade, “la orquesta juvenil se maneja con un criterio abierto, también en lo instrumental”.
A propósito, el núcleo Destaoriya reúne tres bandoneones, tres violines, bajo, piano, fagot, clarinete y xilofón. Los miembros tienen edades que oscilan entre los 16 y 20 años.
En cuando a la razón del éxito alcanzado, el bandoneonista uruguayo recuerda cuál es la clave: “A la música hay que meterla dentro de uno, procesarla y darla. Es cariño y amor. A veces, las cosas sentidas son las más importantes.”
Volviendo al Grammy Latino, Raúl Jaurena señala que el premio es el resultado de muchos años de trabajo severo, en un medio muy competitivo como el norteamericano. “Hemos logrado que reconozcan al tango. No es un tango sofisticado, ni “for export” y a ellos les gusta así. Mi señora lo canta en español y realiza algunos en inglés. Y los tipos se cautivan. De hecho, en la ciudad de Nueva York, hay milongas todas las noches, en distintos puntos. Allí los estadounidenses van y bailan el tango.”
Parecería que el embrujo que sembrara Carlos Gardel, en la década del 30 del siglo XX, floreció en el corazón de la gran urbe.


waltercelina1@hotmail.com

lunes, 5 de noviembre de 2007

PIAZZOLLA ESCRIBE SOBRE GARDEL

Selección por Walter Ernesto Celina

INTRODUCCIÓN
Examinando unos archivos gardelianos que me aportara el distinguido historiador Aníbal Barrios Pintos, he tenido oportunidad de releer una página publicada en el diario “El Día” de Montevideo, del 24 de junio de 1984.
El periodista Nelson Domínguez, “Guruyense”, evoca la personalidad de Gardel con motivo del aniversario de su muerte. Allí se destaca una bella caricatura de “El Mago”, perteneciente a Hogue, y la carta a Gardel, escrita en 1978, en Buenos Aires, por el célebre músico argentino Astor Piazzolla.
Se trata de dos figuras máximas de la música rioplatense. Indiscutido Gardel; celebrado Piazzolla por doquier, en mérito a la riqueza de su música única. En su origen y en un instante resonante de su evolución, ambos son artífices -con generaciones de notables músicos e intérpretes- de la prestancia universal del tango.

Astor Pantaleón Piazzolla había nacido en la ciudad portuaria del Mar del Plata, el 11 de marzo de 1921. Fallece 4 de julio de 1992, a raíz de una trombosis cerebral que lo afectara desde agosto de 1990.
Vive en Nueva York desde 1924 a 1937. Su padre, inmigrante italiano, ejercía el oficio de peluquero en Manhatan.
Inicia estudios de bandoneón con un instrumento que le regalara su progenitor. Acude a clases de piano impartidas por Serguei Rachmaninov.

Con Carlos Gardel, en Nueva York, aparece como el canillita, en el filme “El día que me quieras”.
En 1937, de retorno en Argentina, desenvuelve su carrera de bandoneonista. Se incorpora a la orquesta de Aníbal Troilo. En 1940 estudia con Alberto Ginastera. En 1946 forma su propia agrupación, donde actuará Francisco Florentino.
Levanta su bandoneón como un instrumento de corte clásico. Empieza a ser distinguido. En 1950, en Estados Unidos, es galardonada su “Sinfonía porteña”. Accede en Francia, en 1952, al 1er. Premio de Composición, lo que le vale una beca de perfeccionamiento con la célebre Nadia Boulanger. En 1953 la “Sinfonía de Buenos Aires” alcanza el premio Fabián Sevitsky. En el 54 la Asociación de Críticos Musicales de Buenos Aires distingue su composición “Sinfonietta”.
Conforma el “Octeto Buenos Aires” y la “Orquesta de cuerdas”.
En 1963 recibe el “Premio Hirsch”. Paul Klecki dirigirá sus “Tres movimientos sinfónicos”.
De 1965 es su trabajo con Jorge Luis Borges. Musicaliza varios poemas, los que serán cantados por Edmundo Rivero.
Con el uruguayo Horacio Arturo Ferrer compartirán la autoría de “María de Buenos Aires”. Sobrevendrá, en 1969 el éxito mundial de “Balada para un loco”.
Diversas creaciones jalonan el período en que compone “Tangazo”, “Tango seis”, “Milonga en re”.
Desde 1971, con su “Conjunto nueve”, abre un período de exitosas giras. El reconocimiento mundial se hará imparable.
En 1989 la publicación jacística “Dwon Beat” coloca a Astor Piazzolla como uno de los instrumentistas mayores del orbe.
En 1993, en "Los Ángeles”, es nominado por los Grammy Awards 1992 por “Oblivion”, en la categoría mejor composición instrumental.
Para entonces, el maestro era una sorprendente estrella en el cosmos del tango y del arte musical.

PIAZZOLLA MANO A MANO CON GARDEL

Buenos Aires, año 1978.
Querido Charlie:
Quizá llamándote Charlie te acordarás del pibe de 13 años que vivía en Nueva York, que era argentino y tocaba el bandoneón. Además trabajó de canillita en “El día que me quieras”.
Te puse Charlie cuando me preguntaste, en tu casa, cómo se decía Carlitos en inglés.
¿Te acordás cuando te llevé un muñeco de madera que había tallado mi viejo? Esa mañana me dedicaste dos fotos. Una para Vicente Piazzolla y la otra para el “simpático pibe y futuro gran bandoneonista”.
De 1934 a hoy, 1978, pasaron 44 años y realmente no te fallé.
¿Te acordás cuando me llevabas a tus filmaciones en los Estudios Paramount, de Long Island; (en) febrero de 1934, la peor nevada del año, dos metros de alto y 10° bajo cero, y yo, tu traductor de piropos a las pibas que te querían conocer?
Nunca me olvidaré las dos bicicletas que agarramos con Tito Lusiardo y rompimos tratando de entrar en calor.
Por las tardes solía acompañarte a que te compraras ropa en las grandes tiendas de Nueva York. Recorrimos Saks, Macy’s, Florsheim y, al fin, compraste tus dichosas camisas con rayas verticales y horizontales. Docenas de ellas, zapatos de charol, borsalinos, etcétera, como si te sobrara la guita.
Te mostré toda mi ciudad (estaba orgulloso de saber tanto, también... hacía 11 años que vivía allí), sobre todo mi barrio, Greenwich Village a donde te llevaba a conocer las mejores cantinas italianas, y vos, con problemas de busarda te cuidabas, sin contar la vez que vinistes a casa donde probastes los ravioles de la nonina Asunta, además de un final de buñuelos de membrillo. ¡Cómo te gustaba comer bien!
Jamás olvidaré la noche que ofrecistes un asado al terminar la filmación de “El día que me quieras”. Fue en honor de los argentinos y uruguayos que vivían en Nueva York.
Recuerdo que Alberto Castellano debía tocar el piano y yo el bandoneón, por supuesto para acompañarte a vos cantando. Tuve la loca suerte de que el piano era tan malo que tuve que tocar yo solo y vos cantaste los temas del filme. ¡Qué noche Charlie! Allí fue mi bautismo con el tango. ¡Primer tango de mi vida y acompañando a Gardel! Jamás lo olvidaré.
Al poco tiempo te fuiste con Le Pera y tus guitarristas a Hollywood.
¿Te acordás que me mandastes dos telegramas para que me uniera a Uds. con mi bandoneón?
Era la primavera del ’35 y yo cumplía 14 años. Los viejos no me dieron permiso y el sindicato tampoco. Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa.
Comienza una nueva época en mi vida. Volvemos a Mar del Plata en el ’36. Me agarra el flechazo de la música y estudio locamente el fuelle. Mi bandoneón y yo nos vamos a Buenos Aires y debuto con Aníbal Troilo.
¿Sabes quién era Troilo? El era vos tocando el bandoneón. Es como decir: tu continuador.
Estábamos en 1939 y hacía cuatro años que eras Dios. Tus filmes y discos subieron desesperadamente. Y, ahora, los giles descubren que cantabas bien. Se acuerdan de aquel momento en que preferían escuchar a otros cantores. Tu teatro estaba vacío. Tu ida a Europa fue premonitoria y tus presentaciones son cada vez más importantes. Después USA, tus filmes, Hollywood, Centroamérica y Medellín, el fin de la ruta.
¿Sabés una cosa? A mi tampoco me gusta el avión, menos esa catramina que tomastes vos. Pero..., después de tu ausencia, comienzan a aparecer los nuevos personajes de Buenos Aires.
Charlie... le arruinastes la vida a los cantores, esos que solían decir “menos mal que se fue Gardel y hay más laburo para nosotros” , y otros contestaban: “guarda muchachos, que quedan los discos”.
Aprovechando este momento aparece la nueva clase social: “las viudas de Gardel”, personajes que compraban o tenían tus discos. Automáticamente se hacían locutores radio y “críticos”, además todos decían que eran amigos tuyos y nunca te habían visto en la vida. Esta gente, que tiene su plan formado en toda la Argentina, Uruguay, Colombia, Venezuela y muchos países más hace 45 años que viven gracias a vos.
Pero allí no termina la cosa. Después de 1936 nacen los Gardelianos, Gardelones, Gardelitos o Gardeluchos.
Son unos bichos raros que usan tu sonrisa, tus mismas pilchas, tu misma manera de andar y hablar, pero lo que no pueden hacer es cantar como vos.
Charlie, sé que te estarás muriendo de risa; no es para menos. Te puedo decir que la mayoría de los cantores quisieron ser Gardel y Gardel fue de todos.
Aquí se ha corrido la bola que tus discos ensayan de noche, por eso cada día cantas mejor.
Te cuento una linda, Charlie. Ciertos profesores de canto del Teatro Colón, hacen escuchar tus discos como modelo de canto. Y estoy seguro que siempre estarás mirándonos desde arriba y pensarás que te hubiera gustado cantar los grandes tangos del ’40. Además, yo hubiera escrito para vos y te hubiera hecho los arreglos y tocado el bandoneón.
Matamos, Charlie. Lo único que no quisiera emplear en la orquesta es el arpa. Allá tendrás una colección de todos los colores.
Vos que conocés a los ángeles ¿por qué no les pedís que cambien el sistema y metan algún bandoneón en la orquesta? Mirá que está el gordo Pichuco, Maffia, Laurenz. Me estoy entusiasmando demasiado y prefiero esperar un poco para ser yo quien organice la orquesta.
Me voy a trabajar, o sea, como hoy se dice, “tengo un recital”. Voy a pensar en el pibe Piazzolla cuando vos le dijistes “ahora poné la música de “Arrabal amargo” y dale con todo”.
Era la primavera del ’35 y había nacido el dúo Gardel-Piazzolla.
Soy un tipo de suerte.
Algún día nos encontraremos en el último piso. Esperame, pero... no te mueras nunca.
Tu amigo,
--------------------ASTOR PIAZZOLLA

waltercelina1@hotmail.com

domingo, 12 de agosto de 2007

ESTRÁZULAS: TANGO Y LITERATURA

Escribe Walter Ernesto Celina

Acaba de divulgarse el reportaje que el escritor y periodista Rafael Courtoisie le efectuara a su homónimo y diplomático Enrique Estrázulas. (1)
El interés de la nota surge por la doble pasión que conjuga Estrázulas por el tango y la literatura.
La entrevista de referencia engarza menciones significativas que van desde Gardel a Troilo y desde Borges a Onetti.

TROILO ME SUBIÓ AL ESCENARIO

Abriendo el diálogo, Courtoisie entra en materia, con una pregunta directa:

-Periodista (P.): Hay datos fidedignos acerca de que la literatura secuestró al cantor de tangos. ¿Es cierto que Aníbal Troilo lo quería como primera voz para su orquesta?

-Enrique Estrázulas (E.E.): En mi caso la literatura caminó paralelamente con la música ya que el tango es, en su mayoría, poesía. Así me lo hizo sentir Gardel. En cuanto a la anécdota de Troilo, es verídica. No me quería como “primera voz”; quería que me integrara. Yo canté una madrugada con su orquesta suplantando a Jorge Casal y también probaron a un violinista. Fue un ensayo, casi al alba, en el Marabú. Él me oyó cantar en la mesa algunos acordes y me subió al escenario. Era un superdotado. Me obligó a cantar “El Patio de la Morocha”. Yo tenía 18 años, estaba nervioso y me quería bajar. Entonces me calmó, me hizo cantar el tango uruguayo “Vieja Viola” y varios más. Cuando el ensayo terminó me dijo en una mesa, al oído: “Mirá, pibe: vos tenés que estudiar seis meses. Con la sensibilidad que tenés vas a llegar muy lejos...”
Mi padre se enteró y me fue a buscar a Buenos Aires. Yo ya me sentía el cantor de los cantores. Y volví a Montevideo a trabajar, a escribir, a extrañar a mi novia argentina. Después el berretín se me voló. Eso fue todo.

-P.: Pero un aire tanguero permanece en la música de sus cuentos, de sus novelas y, por supuesto, en su poesía.

-E.E.: Sí, es así, es inevitable para mí. Yo reconozco ese aire en ciertos poemas, en algunos relatos. Debe ser el cantor de tangos que todavía pugna por vivir.
BORGES UN “ESCRITOR PERFECTO”

-P.: Ud. Reivindicó el magisterio de Borges, pero en su obra no se encuentran notorios ecos borgeanos. Más bien la reivindicación de Borges parece un homenaje. Sí, se encuentran en su obra, las enseñanzas de Rulfo y de Cortázar.

-E.E.: Es verdad. Yo admiro a Borges pero no lo veo en mi escritura más que vagamente. Yo viví la época en que todo el mundo lo negaba . Ahora están debajo de una piedra. Fue Onetti quien me dijo: “Si querés leer a un escritor perfecto, leé a Borges... Sus opiniones son juegos de enfant terrible. Hay que leerlo y punto.”
Admiro a Rulfo, Cortázar. Ignoro por dónde se me cuelan. Las influencias son chispazos que no vemos. Los conocí a los dos y releo principalmente a Juan Rulfo.

SOCIOLOGÍA Y POLÍTICA

-P.: Volviendo a Borges, ¿su obra de teatro “Entrevista secreta a Borges-Perón” fue también una suerte de ensayo para las tablas sobre sociología y política?

-E.E.: Ambos se odiaban. Nunca se conocieron. Pero yo creo, humanamente, en el “abrazo secreto” de los hombres. Por eso inventé esa visita de Perón a Borges. Se estrenó en Buenos Aires, en 1998, en el Teatro Cervantes, con algunos errores de dirección y un Duillo Marzio admirable en el papel de Borges. Yo me había enterado que en los contenedores de Perón llegaron algunos libros de Borges a Buenos Aires. Esto indicaría que Perón lo leyó. Es más: muchas opiniones autorizadas lo aseguran. También es seguro que Borges jamás leyó a Perón. En la obra hay algo de sociología y política, pero hay más humanismo recatado y de brasas que nunca se apagaron.

ONETTI, UN GARDELIANO

-P.: ¿Novela o cuento? ¿Qué prefiere?

-E.E.: Depende de la idea. Cuando nace la idea, nacen el género y la temática. No creo que el cuento sea una novela despojada de ripios. Son dos géneros claros. A mi me sorprende un cuento por el argumento, por un argumento. Cuando me llama una novela, me están llamando varios argumentos, varios juegos filosóficos, varios temas. El cuento es más seco, más contundente. No por eso es superior. Siempre depende de quien escriba, de algo misterioso que algunos llaman talento.

-P.: Y en “eso” misterioso ¿dónde queda la poesía?

-E.E: La poesía está implícita en la narrativa. Nunca abandoné la poesía. El poema es también un golpe emotivo, solitario, menos intelectual y, sin embargo, más inteligente. Cito la máxima de Antonio Machado: “El intelecto no cantó jamás; no es su misión.”

-P.: Con respecto a eso Ud. ha escrito “la inteligencia es un nido de ratas”.

-E:E.: Eso afirma un personaje de uno de mis cuentos, no necesariamente el autor.

-P.: ¿Es cierto que Juan Carlos Onetti lloró al escuchar por primera vez uno de sus poemas?

-E:E: Yo era un poeta inédito y le había llevado dos o tres poemas con mucho miedo. Onetti siempre estaba acostado. Me llamó Dolly y fui al living. Cuando volví Onetti me había robado la carpeta y leía los poemas. Efectivamente, me pareció que perdía alguna lágrima. Onetti era muy sensible a la poesía. Era, por otra parte, un gardeliano enfermizo, tan enfermizo como yo. Una vez sacó una pistola y me apuntó con esta advertencia: “Si no cantás el tango “No Placé” te vuelo la cabeza”. Tuve que cantar como pude.

LA ESCRITURA LÚCIDA

-P.: A propósito: Onetti, escritura y alcohol conforman una tríada legendaria. Hábleme de la relación alcohol-literatura.

-E.E.: El alcohol nunca me sirvió para escribir, me sirvió para olvidar lo que escribo. Sucede que, si escribía con alcohol, todo iba más tarde a la papelera. No creo que los grandes poetas alcohólicos hayan logrado alta poesía con alcohol. Pienso en Verlaine, Baudelaire, Rubén Darío. Ellos tal vez escribían lúcidos. Hay un gran mito sobre la literatura y el alcohol. A veces -rara vez- pudo ser verdad. Pero, en general, sospecho que no.

EN LA BOCA DEL IMPERIO

-P.: Algunos lectores y críticos atribuyeron su novela “Los manuscritos del caimán” a una peculiar visión de los últimos tiempos en Cuba. ¿Es una visión “fácil” o apresurada?
-E.E.: Existen muchos caimanes en el Caribe. Esa es una interpretación fácil. Me influyeron Cuba y su paisaje. El caimán, el dictador, es distinto a Fidel. Se trata de una sangrienta y cruel novela de amor, salpicada de poesía y algo teatral, también. Por otra parte, nunca se sabe cuándo serán los últimos tiempos de Cuba, de esta Cuba amarga con casi medio siglo en la boca del imperio.
LA CERRAZÓN HUMANA

-P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

-E.E.: Acabo de terminar una novela, el “Enigma de Savoyarde” que, para divertirme, la llamo una parábola sobre el erotismo. Es una narración contada por una mujer. A esa novela le tengo un cariño particular: me costó mucho crearla. Después del libro de cuentos “La carrazón humana”, le dediqué más de un año. Y algunos dicen que escribir no da trabajo... deben ser geniales, pero nunca muestran ni una línea. Son, sin duda, los que nada escriben. Estoy escribiendo poesía, muy lentamente.

EL CULTO DE LA AMISTAD

El entrevistado aborda diversos tópicos, entre ellos, el culto de la amistad.

-P.: En parte de su obra, entre muchos otros temas, comparece la amistad como un valor inclaudicable. En la más reciente ficción latinoamericana que, entre otras cosas, se ocupa de la violencia, eso no es nada común. ¿Qué rol juega la amistad en su narrativa y en su vida?

-E.E.: La verdad es que la amistad es un valor inclaudicable y aparece muy poco en la nueva literatura latinoamericana. Y aún en la literatura del planeta entero. No, no es nada común la amistad como tema. Pensemos, sin posibilidad de error, que la amistad es mucho más fuerte que las coincidencias políticas. A veces creo que las discrepancias alimentan la amistad. El rol de la amistad en mi narrativa, es como un puente, como un llamado, como un pedido de auxilio o de piedad. En mi vida los amigos, las amigas y la soledad, pueblan un ámbito amable y, a la vez, extraño.

-P: ¿Lo extraño está en su vida?

-E.E.: Vivir es extraño.

(1): El País Cultural - N° 926 - Montevideo - 03.08.07

waltercelina1@hotmail.com

jueves, 26 de julio de 2007

EL ALMA DE LAS CIUDADES

Escribe Walter Ernesto Celina

Transitar por las calles de una ciudad supone ir al encuentro de su presente e, inevitablemente, de su pasado.
Hay lugares abiertos que convidan a entrar en su historia. Los cerrados habilitan el paso de los recuerdos. A veces, en unos, el tiempo ido parece juntarse con el que transcurre.
Todo esto acontece con los bares y cafés de Montevideo, puntos de sociabilidad de los barrios, donde se funde la vida ciudadana.
Por más de cincuenta años he visto las luces y oído las voces de estos locales y he escudriñado a su gente.
He percibido parte de sus alegrías y emociones y me he aproximado a sus escondidos secretos.
He estado en tertulias pletóricas de voces y escuchado la palabra de poetas, escritores, periodistas y cantantes. Conservo la resonancia de guitarras y bandoneones.

En el Montevideo de los años 50 los bares y cafés estaban institucionalizados en las esquinas de las avenidas en un fenómeno sorprendente, repetido en las calles importantes de los barrios en que se desgrana la urbe.
En aquellos ambientes amigables florecían los encuentros cotidianos, antes o después del trabajo, como un verdadero rito.

El paso del tiempo y los cambios experimentados por las ocupaciones fueron modificando las fisonomías. Los toques de modernidad los trasmutaron. Los hicieron algo diferentes y, de seguro, más confortables. Siempre dispuestos a los desafíos de la intimidad.

Algunos se fueron, irremisiblemente, como los “Palace”, “Antequera”, “Ópera”, “Chamadoira”, “Oriental”.

Otros, dieron el paso a nuevos tipos, aproximándose a casas de comida. Como siempre, muchos siguen tan campantes, en un alarde de resistencia a lo nuevo.

¿Cómo no recordar, en este fogonazo de la memoria, al “Gran Sportman”, en 18 de Julio y Tristán Narvaja, frente al edificio de la Universidad de la República?
Sus paredes albergan los murmullos de los estudiantes que, concluidas las clases, salíamos de las Facultades de Derecho o de Ciencias Económicas e íbamos a comentar temas de estudio, episodios de la vida universitaria, del acontecer político o, simplemente, tantas veces, para compartir el café de la amistad.

A no muchas cuadras de allí, frente al Hospital Pereira Rossell, en Bulevar Artigas y la actual Francisco Canaro, en un ambiente más recatado, solía encontrame con dos amigos entrañables: el Esc. Eugenio B. Cafaro y el Pr. Julio Alberto Salgado. Meditábamos sobre cuestiones de derecho llevados de la mano de Cafaro, quien ejercía en la facultad la cátedra en materia civil y, de paso, lo escuchábamos evacuar, muchas veces, consultas que le formulaban profesionales amigos.
Al llegar los meses de clima benigno no faltaban las invitaciones para trasladarnos desde las oficinas céntricas a la Aduana, para arribar al “Bar Roldós”, en el Mercado del Puerto.

Mercado del Puerto


Su servicio clásico era un vaso suave de “medio y medio (caña y vermut), que se acompañaba con unos sándwiches sabrosos. Sus mostradores acogen clientelas desde 1886.

En el Prado, en Av. Luis Alberto de Herrera y Cubo del Norte, permanece incólume la casona que alberga a “Los yuyos”, un bar en que la caña se cruza con sabores de pitangas, nísperos, uvas, arazá, aproximándose a un ciento de variedades. Su historia cabalga desde hace un siglo.

En el Mercado Central, detrás del Teatro Solís, en Ciudadela y Reconquista, fluye con toda su tradición a cuestas el “Bar Fun Fun”. Viejas fotografías tapizan sus paredes. Allí las evocaciones se encuentran con Carlos Gardel.

Un poco más hacia el corazón de la city, en Ituzaingó casi 25 de Mayo, impone su señorío el “Café Brasilero”. Se fundó en 1877, se renovó hacia 1920 y compitió con el memorable “Tupí Nambá” y otros de su condición. Tiene los trazos del Art Nouveau. Allí me supe reunir con entrañables amigos con los que, a la caída de la dictadura, participábamos en el proceso de democratización. Debían efectuarse las elecciones de 1984. A escasos metros estaba la sede de la Corte Electoral. Desde sus mesas programábamos entrevistas y acciones para asegurar garantías comiciales.

Tupí Nambá

De entre todos, en el Cordón Norte, el “Rey” perfila su rostro de bar y café tradicional. Permanece igual a sí mismo, con su mostrador de mármol de carrara y demás instalaciones de maderas nobles.
Por las mañanas, el aroma a café y el zumbido de la máquina a vapor impregnan el ambiente. Los desayunos se suceden. Al mediodía, una cocina familiar atiende a los vecinos habitués. Por las tardes y noches la tertulia es en torno al fútbol de televisión o la mesa de naipes.

La memoria de las ciudades tiene en los bares y cafés encerrada una buena porción de la historia de la que somos parte los ciudadanos.
Montevideo no es una excepción. A cualquiera de las versiones escritas, que reproducen tantos libros sobre el tema, pueden añadirse innúmeros relatos verbales.
Los bares y cafés se parecen a cofres. Desde ellos se desnuda el alma de las ciudades.

waltercelina1@hotmail.com