lunes, 14 de noviembre de 2011

TANGOS EN LA TERAPIA NEFROLÓGICA

Escribe Walter Ernesto Celina
walter.celina@adinet.com.uy – 08.11.2011


Puede que para muchas personas resulte extraño asociar la medicina nefrológica con el tango, la música que echara a andar antes del pasado siglo y cautivara al Río de la Plata, al resto de la América Latina y abriera un gran espacio en países europeos, llegando a los estudios fílmicos de Estados Unidos.
Sin embargo, no debiere considerarse sorpresiva la existencia del vínculo, en función de algunos antecedentes, a los que me remitiré de manera sucinta.

Anoto, a modo de precisión preliminar, varios conceptos.
La palabra medicina proviene del latín (mederi), lengua en que significa curar, cuidar, medicar. Se le caracteriza como ciencia y arte que trata de la curación y la prevención de la enfermedad, así como del mantenimiento de la salud. La nefrología es la rama especializada en el estudio del riñón. Terapéutica refiere al tratamiento de las enfermedades.
Desde épocas remotísimas, la música ha acompañado la evolución de la sensibilidad del hombre, integrándose a filosofías, credos, ritos, solemnidades y, en la modernidad más actual, al entretenimiento individual y colectivo, a los espectáculos de masas concentradas y a los escenarios globales, conectados bajo las tecnologías de la comunicación instantánea.
La musicología, como disciplina académica, expande su campo de investigación, más allá de los procedimientos técnicos y propósitos estéticos, para apreciar los efectos en el psiquismo de los sujetos, circunstancia esta que en occidente tuvo muestras relevantes en las políticas religiosas.
Mucho más atrás, hace 2.500 años, la cultura en China estuvo centrada en las enseñanzas del filósofo Confucio. La composición acústica era concebida como un medio para “calmar las pasiones y asegurar la armonía pública”, pero no orientada a la distracción o el recreo. Era un segmento de los rituales monárquicos.
En otras regiones, la interpretación melódica no debía servir al ocio sino a la purificación del pensamiento de cada uno. Algo relativo al bienestar interior del sujeto.
En Grecia, el sabio Pitágoras (530 a.C.) y su escuela buscaron conciliar la vieja visión mítica del mundo con el interés por una explicación científica. El sistema de filosofía resultante -el pitagorismo- aunó creencias éticas, sobrenaturales y matemáticas. Los pitagóricos sostenían que el alma está prisionera del cuerpo y se reencarna a la muerte, con sujeción al grado de virtud alcanzado.
A ellos correspondió descubrir las leyes matemáticas del tono musical. Sostuvieron que el movimiento planetario produce una “música de las esferas”, existiendo una “terapia a través de la música”. Por estos enlaces la humanidad lograría encontrar su compatibilidad con el mundo exterior.
La salud supone la idea de armonía, tanto al interior del individuo, como hacia su externidad.
En nuestras riberas, hace pocas décadas, la pedagoga tucumana Violeta Hemsy de Gainza -considerada una autoridad en educación musical-, ha sido cofundadora de la Asociación Argentina de Musicoterapia. La entidad añade a la ciencia el arte del sonido armónico, dirigiéndose a restablecer un grado de equilibrio para el buen funcionamiento del organismo.
Y, a todo esto, el tango es convocado, también, al mundo de la músicaterapéutica.
La inteligencia en medicina, tiene una modalidad superior y es la sabiduría con que un profesional actualizado puede combinar los métodos de ciencia con otros -como los rítmicos-, para producir mejoría y recuperación.
El Dr. Gerardo Pérez es médico nefrólogo y bandoneonista. Admitiendo la rigurosa disciplina que implica la diálisis para un enfermo, concibió la posibilidad de acompañar sus sesiones médicas ejecutando tangos. Comprobó que este aditamento eleva el estado de ánimo de los pacientes. Unos reconocen los temas, otros los tararean y no faltan quienes cantan las letras. Recuerdan momentos vividos en bailes y fiestas y lo hacen con alegría, sin perturbación emotiva.
La musicoterapia tanguera ha dejado de ser una experiencia en una determinada clínica.
Ahora el médico uruguayo ensambla su orquesta con otros colegas, a la que han denominado “Buena Praxis”. Abrigan el propósito no sencillo de llegar a los hospitales.
El galeno tanguero está en obra con otros profesionales y, con sus pacientes, promueven ámbitos de restablecimiento disfrutables.
Ahora en los consultorios desfilan las partituras, siempre queridas, de Canaro, Troilo, Piazzolla y otros célebres, saludados con la sonrisa amiga del hombre del gacho gris: ¡Don Carlos Gardel!

lunes, 29 de agosto de 2011

ÁSTOR PIAZZOLLA O LA REVOLUCIÓN EN EL TANGO

Escribe Walter Ernesto Celina


Nacido Ástor Piazzolla en la ciudad atlántica de Mar del Plata (provincia de Buenos Aires), transitaría hoy los 90 años.
Su genio musical vive con intensidad, mostrándolo como un gran maestro, artífice de una nueva esencia tanguera. Fue en 1992 que simuló enfundar su bandoneón, para convertirse en sustancia íntima de la mega ciudad.
Hijo de inmigrante, él también lo fue. Residió en Estados Unidos hasta los 14 años (1922-1936). Allá, un amado Nonino puso sobre sus flacas piernas el instrumento de pliegues.
Por designio paterno debía amigarse con Mozart. Tan alto mandato lo cumplió a su modo. Mancomunó alma y pentagrama y dominó la técnica del acordeón germano-platense.
Atrapó la vivacidad y tristeza que impregnaba las melodías negras neoyorkinas. Frecuentó en el país lejano a Carlos Gardel. Lo miró y escuchó. Al descubrirlo, captó las multifacéticas aristas del tango. En 1934 le bastó ser pibe para integrar el elenco de “El día que me quieras”. En 1939, con 18 años -de los de antes-, es llamado a la fila de fuelles de Aníbal Troilo.
Su genio contó con la mano de Pichuco, fuelle sensible y transmisor de las células madre de las mejores guardias del género.
En Ástor nada de lo humano le fue ajeno. En la música, nada le resultó extraño.
Creció para transformarse en un depositario fiel del legado de Eduardo Arolas. Enalteció los sonidos más bonitos de la prosapia arrabalera. Su instrumento le confirió corte clásico a la vibración perfumada de las orillas.
Por consecuencia, al evolucionar, impactó. Y revolucionó. Como pocos, pudo haber dicho ¡Fui, vine, vencí!
En 1944 se aleja de la orquesta de Aníbal Troilo y construye una agrupación propia.
En forma subterránea numerosos líricos estaban amasando un tango de refinamiento intrépido. Él era uno más en el final centelleante del alumbramiento. En ese núcleo sobresalían talentos. Osvaldo Pugliese, con su hoja de ruta impar; Horacio Salgán, sabio superviviente; Enrique Mario Francini, Emilio Balcarce, José Bragato, Osvaldo Tarantino… Cantantes y poetas (mujeres brillantes), compositores e instrumentistas. Una horneada impar.
Piazzolla, músico con todas las letras, en 1953 concursa y parte hacia Francia.
Al retorno, convulsiona con el “Octeto Buenos Aires”. Entusiasmo y perplejidad. Debate e intolerancia.
Sobre el escenario mayor Ástor Piazzolla con su bandoneón. Está rodeado por los cruzados de la primera selección: Enrique Mario Francini y Hugo Baralis, violines; Atilio Stampone, piano; los bandoneones de Roberto Pansera y Leopoldo Federico (reemplazante); Horacio Malvicino, guitarra eléctrica; José Bragatto, violoncello; Aldo Nicolini y Juan Vasallo (reemplazante), bajos.
Es de recordar el pleito cuando los vanguardistas pisan Montevideo. El Club de la Guardia Nueva era filopiazzoliano, con pocas excepciones.
La claridad no llegaba a la masa tanguera. Existía una confusión pesimista. Algo así como si un ateo flotara casi perdido en la tormenta (evoco una pieza con letra resistente), con un chaleco de agnóstico… Sonaba a herejía abdicar del pasado. Más, era difícil rehuir al desafío. Por ahí me ubicaba yo.
La tendencia predisponía a muchos a apreciar como antitético, lo que no lo era.
Podía percibirse que algo de lo más reciente chirriaba con lo viejo, rutinario y escasamente bello; sin embargo, no era admisible despojarse de los aromas vitales del gardelismo, ni de los compases viriles, enérgicos o románticos que iban y venían, entrelazados por los Canaro, Biaggi, Laurentz, Lomutto, De Caro, Firpo, De Ángelis, Fresedo, Di Sarli, lo que concluía en la obra integral de Troilo y con el embrujo de Don Osvaldo marcando la gloriosa “Yumba”.
En la margen oriental, Pichuco ofició, en rigor, como el primer introductor de Piazzolla: “Triunfal”, “Lo que vendrá”, “Prepárense”… ¡Eran himnos precursores!
El argentino Dr. Luis A. Sierra -analista musicológico y visitante asiduo del club modernista liderado por Horacio Arturo Ferrer-, sostenía que había sido una “engorrosa aventura de adivinación” saber cuál era la orientación del trabajo del hijo de Nonino. Se apoyó en una concluyente afirmación de Piazzolla: “…Si bien no es tango, traduce el espíritu de la ciudad porteña de nuestro tiempo”.
Surgía una transfiguración de antiguos sentimientos, ahora sobrevolando y picoteando la urbe reductora del hombre.
La discusión tuvo mucho de precipitada, pasional y bizantina. Obvio, ya está sepultada: la sensibilidad agudiza los oídos y estos precisan del conocimiento musical.
Ástor Piazzolla, amistoso con los uruguayos, disfrutaba de los silencios costeros y del mar calmo; bravucón en la punta esteña.
En Maldonado se confesó y opinó. Creatividad: “Estoy comenzando una nueva etapa”. Exploración del instrumento: “Después de tanto tiempo he descubierto en el bandoneón nuevas posibilidades”. Jóvenes: “No saben cuando escuchan conjuntos como los Beatles, los Rolling Stones o Pink Floyd, que todos ellos han estudiado música”.
El hombre del Octeto devino a la forma Quinteto, la de su preferencia. Su carrera conoció cruces con personajes como Hermeto Pascoal, Gary Burton, Gerry Mulligan. Su consola era visitada por Brahms, Mozart, Schumann, Bartok, Ravel, Nono, Stockhausen y, preferentemente, por Stravinsky.
Con Ástor Piazzolla la música que bailaron mujeres vestidas de percal se trasmuta. Su armonía tangófila renueva emociones e predispone al éxtasis. Se hace acerada, a veces. Es, siempre, penetrante y hermosa. Como mujer envuelta en los giros del percal.-




martes, 3 de agosto de 2010

MÚSICA DEL CLUB DE LA GUARDIA NUEVA

Escribe Walter Ernesto Celina
waltercelina1@hotmail.com
– 02.08.2010

Boris Puga, un tanguero sistemático y explorador consecuente de la obra gardeliana, es un testigo fidedigno de una hermosa historia: la del Club de la Guardia Nueva.
Para la presentación de un CD del sello Ayuí, con la colaboración de la Intendencia Municipal de Montevideo, en que son recordadas cuatro formaciones musicales, el estudioso sintetizó la trayectoria de la recordada entidad.
De modo preliminar, cabe decir que las ejecuciones instrumentales corresponden a las agrupaciones de César Zagnoli (trío), Manolo Guardia (quinteto), Luis Pasquet (cuarteto) y Toto D’Amario (cuarteto).
En homenaje a la silenciosa y relevante labor de Boris Puga, tomo pasajes y conceptos de su informe. Forman parte de un capítulo que hace a los brillos musicales de un Uruguay que hizo del tango un himno cautivador.

“Un 8 de mayo de 1954
-recuerda- se funda en Montevideo el Club de la Guardia Nueva, mítica agrupación que se autodefinió como “institución meramente cultural dedicada al estudio y difusión del buen tango”. Fue concebida por Horacio Ferrer, Jorge Seijo y Rodolfo Rodríguez Lourido, junto a una pléyade de entusiastas jóvenes y periodistas especializados. Y agrega: Durante veinte años desarrolló una fecunda labor de exposición y valoración del tango auténtico de todas las épocas. Primeramente, sesionó en el 4º piso del diario “El País”, luego en la fonoplatea de CX 44 Radio Solís y, finalmente, en su legendaria sede de Soriano 1584 (una puerta pintada en naranja y otra en negro).”
Cuenta Puga que, entre diversas actividades, el Club dispuso de un sello discográfico propio, en el que registraron sus versiones agrupamientos locales.
Distinguidos compositores dedicaron obras a la institución de puertas negri-anaranjadas. “A la Guardia Nueva”, Aníbal Troilo; “Marrón y azul”, Ástor Piazzolla; “Yunquitango”, Héctor Stamponi; “Muchachada de ley”, Julio De Caro; “Profundo”, Juan M. Rodríguez; “A sugerencia del Club”, Luis Di Matteo; “Tangueando”, Oldimar Cáceres; “Muy de los muchachos”, Mario Colucci.

Una impresionante nómina de personalidades tangueras fueron recibidas con brazos abiertos en la entidad. Sin agotar la lista, Boris Puga cita a: Julio De Caro, Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Horacio Salgán, Ástor Piazzolla, Osvaldo y Emilio Fresedo, José Márquez, Lucio Demare, Carlos García, Máximo Mori, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Alberto Marino, Raúl Berón, Elvino Vardaro, Héctor Stamponi, Leopoldo Federico, Ernesto Baffa, Enrique Mario Francini, José Bragato, Juan Vasallo, Atilio Stampone, Florindo Sassone, Emilio Brameri, Alfredo de Franco, Ismael Spiltalnik, Horacio Malvicino, Juan M. (Toto) Rodríguez, Armando Blasco, Alberto Suárez Villanueva, José Ranieri, Virginia Luque, Ángel Díaz, Roberto Pérez Prechi, Juan Carlos Lamadrid, Julio Huasi, Eduardo Adrián, Héctor Alvarado, Rodolfo Schiamarella.
Del medio nacional, añade a Zagnoli, Cáceres, Puglia, Pedroza, D’Amario, Cuenca, Di Matteo, Guardia, Pasquet, Carlevaro, Colucci, Martínez, de Lapuente, Lamarque Pons, Peppe, Casco, Silveira, Oberlín, Ríos, Fleitas, Nelson, de León, Maira, Mastra, Silva, Avlis, Luces, Yanelli.

Muchos de los arriba mencionados, rememora Puga, participaron en recitales auspiciados por el Club en diversas salas públicas de Montevideo.
El CD de Ayuí-IMM, de manera impecable, registra versiones antológicas de excelentes músicos uruguayos.

Trío de César Zagnoli, con el maestro al piano y arreglos propios, se integra con Raúl Jaurena (bandoneón) y Eduardo Trinchitella (contrabajo). Realiza: Crónica de tango, Verano porteño, La mariposa, Nochero soy y Orlando Goñi.
Quinteto de la Guardia Nueva, de Manuel (Manolo) Guardia, (piano y arreglos), Ariel Martínez (bandoneón), Sergio Furas (violín), Edunio Gelpi (guitarra eléctrica) y Roberto Capobianco (contrabajo). Temas: El monito, Sur, Prepárense, Tango del este, Sortilegio y Debussy.
Cuarteto de Luis Pasquet, con Pasquet (piano y arreglos), Juan Carlos Figares (violín), Víctor Addiego (chelo) y Néstor Casco (contrabajo). Piezas: Qué noche, Niebla del Riachuelo, La cachila, Loca bohemia, Rojo vivo, Rojo rosa y Rojo fuego.
Cuarteto de Toto -Edelmiro- D’Amario, (bandoneón y arreglos), Darwin Viscoso (piano), Sergio Furas (violín) y Solano Fernández (contrabajo). Interpretaciones: Tierra querida, Señor tango, Gallo ciego, Melancólico y Boedo.
Un aporte de calidad, por donde se lo examine.


**

IMPACTO DEL HABLA NEGRA SOBRE EL ESPAÑOL

Escribe Walter Ernesto Celina

Un concurso promovido por la Academia Nacional de Letras sobre Contacto del español con lenguas africanas en el Río de la Plata ha dado mérito a la publicación del premio obtenido por la investigadora Magdalena Coll.
Montevideana, nacida en 1968, es licenciada en lingüística de la Universidad Pública (UDELAR). Cuenta, asimismo, con un doctorado en lengua hispánica de la Universidad del Sur de California, Berkeley.
Uno de los efectos de la dominación española fue la imposición sobre la matriz preexistente de sus formas oral y escrita de comunicación. El choque producido por el conquistador afectó severamente e inhibió la cultura indígena.
Desde una posición prevalerte no pudo, sin embargo, evitar el impacto que sobre el castellano ejercieran el idioma lusitano y las distintas modalidades del habla negra, importadas bajo el régimen de la esclavitud.
Los efectos de las interacciones resultantes llevaron a la Academia Nacional de Letras a promover indagaciones en un capítulo casi desconocido, referido a las incrustaciones del habla de las naciones negras sobre el español rioplatense.

Al abordar su estudio, la autora hace justicia al instituto respectivo de la Facultad de Humanidades y Ciencias (UDELAR), cuyos estudiosos abrieron -hace unos 10 años- un capítulo virgen, sólo abonado por piezas exhumadas por historiadores.
Casi a modo de presentación del objeto propuesto a estudio, en su primera página, Magdalena Coll toma una cita de Daniel Gastón Schávelzon (1958, arquitecto, arqueólogo y antropólogo argentino) quien ha dicho: “Por qué nada ha quedado de esa población negra y de su cultura material, evaporadas como por un sortilegio misterioso e inexplicable? Y lo que casi nadie se pregunta es por qué nuestro lenguaje -hoy, en el siglo XXI- está plagado de términos africanos”, brindando una larga lista al respecto.

Tomo, casi textualmente, algunas de sus referencias: La mujer es una mina (grupo étnico africano); la música popular urbana es el tango (de tangó, que es bailar, en el Congo); los zapatos aún para algunos son los tamangos; nuestro servicio doméstico es la mucama (grupo étnico africano); comemos puré de zapallo (ya Mansilla decía que era comida de esclavos); el estómago de la vaca es el mondongo (grupo étnico africano Kumbundu); comemos sandía (traída del África para los esclavos del siglo XVII y achuras (se les daba a los perros y las aprovechaban los esclavos); a los niños se les canta el arrorró en la cuna; el quilombo es un vocablo que en toda América señala los asentamientos de cimarrones (afros huidos al monte) y, de allí, su asociación con ruido y pérdida de ataduras sociales.
El jurado selector del trabajo destaca que la obra de Coll es un cuidadoso relevo e interpretación de fuentes y bibliografía y un análisis de formas lingüísticas. Anota que el camino iniciado precisa de más esfuerzos de búsqueda, sistematización e interpretación.
Se recuerda en el prólogo por un integrante del tribunal que las hablas de nuestros indígenas dejaron de tener presencia en las primeras décadas del siglo XIX en grupos sociales. Sólo subsistían hablantes aislados “obligados además a no usar su lengua para conseguir mejor comunicación con el poblador criollo”, lo que motivó su dilución rápida, hasta desaparecer.
Al capítulo de Introducción la investigadora agrega uno de ubicación de La esclavitud en la sociedad oriental, con datos demográficos, etnolingüísticos y legales. Le sigue otro muy importante sobre Las lenguas de los africanos y sus descendientes en el Río de la Plata. Le continúan Las fuentes; Antología de textos; Análisis lingüístico de los textos seleccionados, así como anexos de importancia.

El título “El habla de los esclavos africanos y sus descendientes en Montevideo en los siglos XVIII y XIX: representación y realidad” supone un plausible esfuerzo de la Academia Nacional de Letras, acompañada por el sello Banda Oriental.
La tapa reproduce el óleo Las negras, de Alfredo de Simone. La cuidada composición gráfica de Tradinco suma 160 páginas.-
**

sábado, 10 de julio de 2010

PRIMER CURSO BIOGRÁFICO SOBRE CARLOS GARDEL

Escribe Walter Ernesto Celina
waltercelina1@hotmail.com – 28.06.2010

PRIMER CURSO BIOGRÁFICO SOBRE CARLOS GARDEL

Los tangófilos estarán de parabienes. En los días venideros será dictado en Buenos Aires el primer curso biográfico sobre Carlos Gardel, en modalidad intensiva.
El mismo será impartido por la infatigable investigadora argentina Sra. Martina Iñiguez quien, como es sabido, ha desarrollado y ampliado las tesis del periodista Erasmo Silva Cabrera, del Prof. Arq. Nelson Bayardo y del Dr. Eduardo Paysée González, referentes al Carlos Gardel uruguayo.

Fecha: Sábado 17 de Julio, 2010.

Horario: de 10:00 a 18:00 hs.

Lugar: Tacuarí 237 – Piso 1º “16”

San Telmo. Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

El evento reviste la modalidad presencial, aunque la grey gardeliana lo podrá seguir desde cualquier parte, vía Internet.

Los interesados pueden obtener informes ampliatorios y registrarse sirviéndose de los contactos siguientes:

www.artes37.com.ar * info@artes37.com.ar
011-816-3513 * 011-15-3278-4079

El programa se ajusta a los detalles siguientes:

Módulo 1: 1882 - 1893

Dos versiones de su origen Toulouse y Tacuarembó – Los Gardes y los Escayola Publicaciones anteriores y posteriores a su muerte – La edad de Gardel – Falsos testimonios, fantasías, ocultamientos

Módulo 2: 1893 – 1911

Fotografías de infancia - escolaridad El prontuario de 1904 La documentación oficial de Carlos Gardel

Módulo 3: 1911-2010

La tragedia de Medellín - El testamento ológrafo La polémica – ADN Cronología Conclusiones y debate.

NOVEDADES TANGUERAS



Escribe Walter Ernesto Celina
waltercelina1@hotmail.com – 28.06.2010

CAMINOS DEL LUNFARDO

El número correspondiente al mes de junio de Ciberlunfa, mensuario de la Academia Porteña del Lunfardo, da cuenta de la aparición de una nueva obra del eminente estudioso José Gobello, relativa a esta forma dialectal tan porteña, como extendida por los ámbitos del Plata.
Se trata del título “Poesía Lunfarda. Del Burdel al Parnaso”, una antología presentada por Ediciones Corregidor, de Buenos Aires.

Resultan particularmente interesantes pasajes de los comentarios críticos de dos expertos analistas, quienes indican los méritos de la obra del lunfardólogo.
Roberto Selles anota la claridad con que Gobello incursiona en el campo de una letrística tan singular, cuando se pregunta “¿Cómo llamar a esta poesía que anda por los arrabales de esta ciudad, que se asoma al centro y hace cola para ingresar en los ámbitos de la gran cultura?”
Agrega el comentarista: “Entre los muchos méritos de la compilación, cabe destacar la profesionalidad de Gobello, que no ha sabido obviar a autores –vivos o muertos– con quienes discrepa o hasta con los que ha cortado relaciones…”

“La segunda mitad del libro comprende a poetas contemporáneos, con lo cual da don José una incontestable muestra que el lunfardo –como él mismo suele decir– “está vivito y coleando”.
No sólo eso. Se prueba también que este tipo de poesía ha evolucionado (el largo camino desde el burdel al Parnaso), y lo ha hecho gracias a que, un día, el gran Julián Centeya –dueño de un mayor bagaje cultural que quienes lo precedieron– hizo que esa poesía fuera de avanzada, o de vanguardia, si se prefiere. Y tras él pudo surgir una pléyade de evolucionistas –no tan extensa como uno quisiera– que también se atrevió a llevar al lunfa los conocimientos abrevados en la fuente de la poesía internacional y de las nuevas escuelas…”
Por su parte, Otilia Da Veiga, comenta: “Obra metódica que invita sabiamente a transitar el itinerario recorrido por los versos lunfardos, desde aquella primera y anónima cuarteta rescatada por Benigno Baldomero Lugones: “Estando en el bolín polizando / se presentó el mayorengo: / A portarlo en cana vengo, / su mina lo ha delatado”.
“Tal como los de Arana, Cepeda o Luis Blasco, aquellos versos se escribían con la tinta sangre de los entornos marginales, en esa aldea que debía ser la Buenos Aires de fines de 1800. Lenguaje del suburbio junto al deslinde del campo, giros gauchescos entreverados con las lenguas de la inmigración, caldo de cultivo del cocoliche que dio nacimiento al sainete de Vacarezza o al entremés de José González Castillo.
Panorama de situaciones diferentes desarrollado en perfecta cronología; exposiciones tal vez, antes que denuncia, del malestar, de la carencia, del abandono y de las tristezas del desarraigo que supieron hacer lugar aun al humor y al grotesco, según lo van contando Ivo Pelay, Cadícamo, Carlos de la Púa, Iván Diez, Dante A. Linyera y, más adelante en el tiempo, Joaquín Gómez Bas y Julián Centeya”.
Y acopla más nombres: Roberto Selles, Luis Alposta, Roberto Santoro, Ricardo Ostuni, Héctor Negro, Orlando Mario Punzi.
Subraya, después: “¡Y qué decir de las mujeres! Que, al reconocerlo como un vocabulario válido para expresar con hondura cualquier sentimiento, se atreven en el tiempo a emplearlo con la solvencia literaria que demuestran los versos de Nyda Cuniberti, Martina Iñíguez, Eva Falótico Gandolfi, Isabel Puncel de Dumery, Judith Gómez Bas o Elsa Baroni de Barreneche.”
Como puede advertirse, esto tiene que ver con el patrimonio histórico que se cultiva y se bebe con el tango, para plasmarse como una manifestación cultural muy nuestra.-
**

martes, 1 de junio de 2010

PULSACIONES TANGUERAS

UN DANZARÍN PARA “LA MOROCHA”
Nota 2

Escribe Walter Ernesto Celina

waltercelina1@hotmail.com – 24.05.2010

La morocha es una emblemática pieza tanguera de la Guardia Vieja. Su autor musical es el uruguayo Enrique Saborido. La letra corresponde al porteño Ángel Villoldo.
Data de 1905, apenas precedido en 1903 por El porteñito, del mismo Villoldo (aunque se conjetura que su letra pudiera haber sido escrita por su divulgador Alfredo Eusebio Gobbi).
Tempranamente, París los llevó a cruzar el Atlántico.
Ateniéndonos a uno de sus versos, digamos ahora algo sobre esta morocha “de mirar ardiente”.

En torno a su nacimiento, enseña el sapiente José Gobello en sus biografías:

La historia de La Morocha ha sido muchas veces contada, con detalles diferentes que no comprometen la veracidad general. La cosa fue en la Navidad de 1905, en el Bar Ronchetti (de Reconquista y Lavalle), apeadero de niños bien, donde era familiar la bella figura de la tonadillera uruguaya Lola Candales.
Habría sido esta dama quien estrenó La Morocha, después que Ángel Villoldo pusiera versos cupleteros (aunque inspirados en un poema de Orosmán Moratorio) a la melodía de Saborido. Luego, Flora Rodríguez de Gobbi incluyó la pieza en su repertorio e, igual cosa hizo otra tonadillera de aquellos años, Lola Menbrives, que devendría una de las actrices más importantes de la lengua española.

Sobre nuestro compatriota Saborido, anota Gobello en un pasaje: Hizo una carrera un poco distinta a la de otros creadores del tango. Por lo pronto, fue bailarín y profesor de baile, con academia propia, de modo que cuando el tango dominó París, hacia 1910, el joven pianista se contó entre los primeros docentes que abrieron academia… (Mujeres y hombres que hicieron el tango. Librerías Libertador. Bs. As. 2002).

El compositor Pintín Castellanos, en obra citada en nota anterior, sostiene que el tango de Enrique Saborido fue la verdadera semilla de nuestra danza en Europa, así como por ser él un experto bailarín, con cortes y quebradas. Agrega que, a la vez, desenmascaraba a muchos “profesores” que a la postre resultaban rioplatenses del Volga, del Hudson, de Venecia, o del Sena.

Las clases altas quisieron, también, conocer las destrezas coreográficas del músico y danzarín uruguayo.
Castellanos acota que, en más de una ocasión, el autor de La Morocha tuvo el placer y el honor de bailar el tango frente a soberanos. Parte inseparable de la historia que Carlos Gardel y otros entrañables artistas populares repitieran, sin vallas ni fronteras.
Con fuerza, un siglo después, hay mujeres que, como la de la canción, le cantan con dulce emoción al pampero, a la patria amada y al fiel amor.
Para las horas de su mejor regocijo, ellas reciben el abrazo milonguero de Enrique Saborido.



**